El otro día estuve en un SPA (¡que resulta que es un acrónimo del latín, algo así como "salud por el agua"!, ¡y yo que creía que era alemán o inglés!)... ¡¡¡Y cómo me gustó!!!
Merece la pena, lo cierto es que es muy relajante. Me recordó a la playa de mi infancia (de la que os hablaré prontito y a la que hace siglos que no voy), pero sin el bullicio que a veces la estropeaba. ¿Con qué me quedo? Con una ducha que llamaban cuello de cisne y que directamente te masajeaba el cuello y los hombros. ¡Madre mía!
Ahora, eso sí: es como para ir una vez al año... o cada dos años