domingo, 13 de febrero de 2011

Conocer, no conocer

No llegué a conocer a ninguno de mis abuelos. Es un curioso tipo de orfandad: mi madre era muy mayor cuando me tuvo, y más todavía lo era su segundo marido, que es mi padre.
Tengo muchas fotografías suyas, de los cuatro, juntos y por separado, de novios, de casados y de viudos. En algunas aparecen con mis hermanastros, con mis padres o con algún tío, y siento un frío extraño bajo los párpados; todos se parecen a mí, impresos con el gesto siempre alegre, pero ninguno es yo y yo no soy ninguno. Siempre me quedo fuera de la combinatoria.
Casi lloro hielo.
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Vuelve a llover, ¿os habéis fijado? Se me acaba el entretenimiento de la calle. Y el temario parece crecer a medida que lo recorro. Es el desierto en mitad de febrero. Y lo que queda.
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Ni Peter O'Toole.

lunes, 7 de febrero de 2011

Insomnio dibujado

Al más profundo fondo de la noche, las luces de las casas forman un innumerable código de barras.
Cada punto en la fachada mide y tasa un insomnio. El de mi escritorio, blanco y fluorescente, me empuja más allá del desánimo, pero nunca soy la última en fundirlo a negro.

martes, 1 de febrero de 2011

De noche

Últimamente estudio mucho por la noche (hasta las tres o las cuatro de la madrugada). Eso me permite ser una sigilosa espía de mis vecinos. Ahora sé por qué no conocía al hombre de al lado: sin duda trabaja en un turno imposible, a la sombra de alguna cadena o al volante de un búho; hay quien baja al perro más allá de las doce, y quien vuelve del bar después de la ficticia prórroga del partido. También sé que los viernes y los sábados las chicas del quinto llegan del brazo de sus novios y que se entretienen mucho en el portal con ellos... yo no sé qué harán...
Ayer una mujer de unos cuarenta y cinco, completamente borracha y al borde del llanto, cruzó la calle. No vive en mi bloque, pero la conozco de vista. Hablaba sola y se tambaleaba, pero no se había perdido. Volvía a casa desde la desolación.