No llegué a conocer a ninguno de mis abuelos. Es un curioso tipo de orfandad: mi madre era muy mayor cuando me tuvo, y más todavía lo era su segundo marido, que es mi padre.
Tengo muchas fotografías suyas, de los cuatro, juntos y por separado, de novios, de casados y de viudos. En algunas aparecen con mis hermanastros, con mis padres o con algún tío, y siento un frío extraño bajo los párpados; todos se parecen a mí, impresos con el gesto siempre alegre, pero ninguno es yo y yo no soy ninguno. Siempre me quedo fuera de la combinatoria.
Casi lloro hielo.
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Vuelve a llover, ¿os habéis fijado? Se me acaba el entretenimiento de la calle. Y el temario parece crecer a medida que lo recorro. Es el desierto en mitad de febrero. Y lo que queda.
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Ni Peter O'Toole.